Otras… Huir de mi


¿Que escribo sólo de tristeza? No puedo escribir de otra cosa si estoy rodeada de ella. Intento mantener la cabeza a flote, me aferro a ese madero precario que se llama vida y decido salir a reírme, qué ironía y que extrañas formas tiene el destino de burlarse de nuestros planes.

Salgo antes de la hora de almuerzo, bueno mi hora de almuerzo que ahora está más cerca de la hora de la cena que de la del mediodía, si sólo puedes comer dos veces al día, distribuye bien tu hambre. Voy a comprar dos entradas para un show de stand up comedy (es implacable la forma como el inglés invade nuestros espacios lingüísticos), no soy asidua, no conozco a los comediantes, pero necesito aferrarme al madero mustio que me mantendrá a flote. “¿No los conoces? Son buenísimos”. No, no los conozco, desde hace mucho tiempo sólo enciendo el TV para ver una película o para jugar. No, no escucho radio, hay demasiada política al aire para mi gusto. Relleno mis tiempos muertos con libros y música seleccionada por mi.

Tengo que cruzar una linda plaza para llegar al teatro donde compraré los tickets, hay ropa tirada en el suelo de la plaza, miro a los lados. ¿indigentes? no, son personas corrientes. Comparten un banco una mujer joven, no más de treinticinco años, según mis cálculos, un niño de unos cuatro años, un joven, no más de veinte años y un hombre de mediana edad, quizás rozando la mitad de los cuarenta. Una familia normal, de esas que pueblan sus fines de semana con ciudad y caminatas por plazas, porque ya no se puede hacer nada más, conversan ríen. Sigo al teatro y dejo a la familia en su esparcimiento.

Compro las entradas que, francamente, no son un exceso, la verdad podría comprar un helado con el valor de una, sí, así de “extraña” es la cosa ¿acto de caridad de los comediantes? no sé, quizás lo sea. La punzada en el estómago me recuerda que no he comido, salgo a buscar donde comer. No hay muchas opciones, ya no, las evalúo y sale triunfadora una de estas cadenas de pollo frito.

No hay cola en la caja, puedo pedir tranquila y a mis anchas, ningún hambriento tras mi espalda resopla para decirme mentalmente “¿Qué tanto piensas si es pollo frito y ya? Tomo mi bandeja, dos piezas de pollo, papas fritas y un refresco, no estoy orgullosa de mi almuerzo, sólo tengo hambre.

 El sitio donde, simétricas, se extienden las hileras de mesas, está casi vacío, excepto por una mesa, dos mujeres y tres niñas comen su pollo entre risas y conversas. Como mientras las observo, nunca me ha gustado comer sola,  pero como soy una voyeur (el francés también ha hecho lo suyo) de conversaciones convicta y confesa, disfruto comer y observar. Termino de comer, no me levanto, aún falta para que inicie el show y sólo debo cruzar la calle para llegar al teatro.

Las mujeres y niñas se levantan, lanzan un montañita de huesos, vestigios de lo que fue una “comida” a la papelera, hago lo propio luego de que ellas se han ido, pido un café y regreso a la mesa a leer, aún falta y además no hay nadie con quien disputar las mesas.

El joven que vi en la plaza con la familia entra al lugar, sonrío, tengo el defecto de la sonrisa fácil, no me regresa la sonrisa, abre la papelera y saca un plato, en el plato apila todos los restos del contenedor, huesos, salsas, papas a medio comer, un pan roído. Miro un poco horrorizada, este joven no parece un mendigo. Hace una buena montaña de huesos, saca un vaso donde vacía uno por uno los restos de refrescos de todos los vasos rescatados del contenedor, se forma un líquido de color indefinido que lo llena. Toma el botín y se va, lo sigo con la mirada. El joven camina hasta el banco y allí coloca el plato y el vaso, la familia en pleno almorzando, el niño es el primero. Repentinamente el pollo que acabo de comerme pesa en mi estómago, me avergüenzo, sí, siento vergüenza de haber comido, se me nubla la mirada, quiero huir de mi.

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