Otras… Crónica de una muerte que viene


Hace tanto que no me subo al metro de Caracas, es verdad que cuando las cosas cambian de a poquito ante nuestros ojos, el cambio no suele notarse, pero hacía tanto tiempo que no me internaba en las “tripas” de Caracas que el golpe de realidad ante el cambio fue exactamente igual al del vapor proveniente de ese vagón sin aire. ¿Tanto tiempo? son sólo unos cuatro meses, pero el cambio es tan marcado que parecen una eternidad.

Son las diez de la mañana, el clima caraqueño de enero es generoso y nos regala unos deliciosos quince grados. ¿Qué tanto puede haber cambiado el ritmo de una ciudad en cuatro meses? más, mucho más de lo que crees. Hace algún tiempo, no sé precisar cuanto, a esta hora el metro era abundante en espacio, podías subir al vagón sin ser empujado y probablemente hasta tomaras asiento al entrar, pero no, todo ha cambiado y a un ritmo vertiginoso. El bullicio y la aglomeración no tienen nada que envidiarle al peor atasco de la más asquerosa de todas las horas pico. Es martes, desde hace tres meses mi viernes es un domingo y mi domingo un martes, un único pensamiento ¿por qué hay tanta gente en la calle y en qué trabaja toda esta gente? nadie lleva traje, nadie huele bien, todos se parecen todos están molestos ¿molestos por qué? ¿molestos con quién? todos, cuál billete de cien, me muestran un venezolano devaluado. ¿Bachaqueros? no se puede “trabajar” de otra cosa si estás a las diez de la mañana en el metro, molesto, sudado, maloliente, tan caraqueño del 2017. ¿Desde cuando no limpian el andén? ¿dónde está el personal de mantenimiento?.

Salgo a la calle, el aire huele a tristeza más gente como la del metro, colas, sirenas. Quiero irme a casa, no puedo, tengo que terminar la diligencia por la que vine. ¿Estoy triste? ¿por qué? ¿que clase de tristeza colectiva es esta que me ha envuelto y comienza a sumergirme en ella? se me humedecen los ojos, sólo alcanzo a decir en voz baja: “los extraño”. Termino mi diligencia, almuerzo sola en un restaurante pequeñito, me escondo.

¿Por qué no vine en bicicleta si la disfruto tanto? de alguna manera tengo que regresar a casa, otra vez el andén sucio, las conversaciones que versan en una sola cosa: emigración. El aire tibio golpeándome la cara me dice que el tren se aproxima. Decenas de personas se empujan, gritan, no importan niños, no importan ancianos. Me quedo atrás, subo al final y me acomodo en un espacio pequeñito frente a la puerta. Una señora con un un niño de unos cuatro años queda en el andén justo frente a mi, no, no cabe en el vagón, no alcanzó a subir.

“Pipí abuela” le dice el niño mientras le hala los bajos de la camisa desteñida a la señora, lo toma de la mano, lo lleva a un rincón del andén y allí mismo, sobre el suelo de goma, el niño vacía la vejiga. En el metro no hay baños, el baño es el metro. Más tristeza, no puedo con tanto, quiero llegar.

Llego a casa, aliviada pero cargada, cargada de tanta tristeza que me tumba en la silla ¿dónde puedo recargarme? ¿dónde encuentro el optimismo?.

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