Letras… Un mundo (in)feliz – Oro negro


Etiopía

En este país de África los recolectores de café no son esclavos, como sí lo son en gran parte del mundo. Sin embargo, son casi igual de pobres. Cada vez tienen menos, y no se ven soluciones a sus problemas. Su café —de tipo arábigo, según algunos el mejor del mundo— es lo único que tienen, aunque les debería bastar para vivir dignamente. Hasta allí viajaron los documentalistas Nick y Mark Francis para filmar la película Oro Negro, un documental que en el año 2008 obtuvo reconocimientos y elogios en todo el mundo. Al igual que servidor en este viaje, que he realizado a lo largo de medio mundo, cogieron sus maletas para encontrar qué había detrás de un negocio que movía cada año 140 000 millones de dólares pero que ataba a la pobreza a quienes se encargaban de crearlo. Algo no encajaba…

Ellos visitaron la primera cafetería de Starbucks en Seattle. La dependienta, con una sonrisa embriagadora y unos ojos abiertos de par en par, con la amabilidad que caracteriza a quienes sirven en esta cadena, dice ante las cámaras: «La gente se identifica con lo que representamos». Y es más que evidente que se trata de una compañía que ha buscado mejorar la vida de los lugares en donde obtienen sus granos de café. Sin embargo, cuando los Francis visitaron Sidama, la región de Etiopía en donde adquirían su materia prima, sólo se encontraron pobreza y hambrunas… Las imágenes que muestran de esa región son desalentadoras.

El reportaje demuestra la base laboral avanzada de los que intentan hacer negocio con el mundo del café. Visitan una de las regiones cafeteras por excelencia, Oromia. La recolección de café en la región la llevan a cabo pequeños agricultores que tienen unos pocos árboles. Sin embargo, la naturaleza fue generosa con ellos y dotó a aquellas tierras de una serie de características privilegiadas. En esta región, muchos recolectores se han agrupado en cooperativas. El café que recogen se acumula en procesadoras, en donde se selecciona según sus características. Lo normal es que una vez que está en las procesadoras, los intermediarios lo vendan a las tostadoras, que son las que se encargan de iniciar un proceso que comienza con el tueste del café y finaliza con su llegada a los establecimientos que lo ponen a disposición del cliente. En el caso de Oromia, los cooperativistas intentan evitar varios pasos intermedios, de modo que se salen del sistema establecido, especialmente con sus especies orgánicas, es decir, las que brotan del árbol, se recogen, van al almacén y de ahí a la tienda. Esto es, en cierto modo, lo que se conoce como «comercio justo», un sello que se aplica a diversos alimentos y que viene a significar que ese producto proviene de una plantación que salvaguarda las condiciones laborales de los recolectores. El objetivo de este tipo de cooperativas es revertir el dinero que se obtiene del café en beneficio de la comunidad, y distribuir los dividendos en labores comunitarias. De esta forma se quiebra la norma según la cual el noventa por ciento del beneficio por la venta de café es para los vendedores, empresas tostadoras y agentes intermediarios que importan la materia prima. Aun así, el siete por ciento es para agentes locales y exportadores, mientras que entre el uno y el tres por ciento es para los agricultores. Es, sin duda, un comercio injusto. Tadesse Mesketa, que intenta llevar a buen puerto su cooperativa de Oromia, asegura que los bajos precios del café son culpables de la situación: «Nuestra esperanza es que el consumidor tenga conciencia», dice, recordando que el que compra no es culpable, pero puede lograr que con sus actos revierta la situación.

De Un mundo (in)feliz de Bruno Cerdeñosa.

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